Publicado el 4 de Septiembre de 2023

Pedro Estrada

Relatos Breves

Publicado el 4 de Septiembre 2023

Pedro Estrada

¿Recuerdas cuando te regalaba rosas?

    Aunque el tiempo y las circunstancias puedan aparentar lo contrario, no puedo olvidar el momento en que te conocí.

Tus cabellos rubios resplandecían entre aquella multitud atezada por el sol sureño que ajusticia nuestros campos. Era una cálida noche de verano y no había luz más brillante que la de tus hermosos ojos azules. Muchas cosas parecen haber sido olvidadas en estos últimos días, pero late en mí el recuerdo y la inseguridad que viví al verte por primera vez. Hoy, al mirar el cielo después de tanto tiempo, no he podido evitar ahogarme de nuevo en tus lágrimas. Me pierdo en esta infinita bóveda azul del mismo modo que me perdí hace treinta años cuando, dubitativo e indeciso, te declaré mi amor aún sin saber si era correspondido.

     No había mujer equiparable a ti en belleza. Recuerdo tu mirada, implacable, capaz de enmudecer al galán más elocuente y siendo yo quien soy, solo un pobre diablo a quien Dios dio como únicas virtudes el sacrificio y la persistencia, a punto estuve de volverme cuando tus ojos se clavaron en mí, indiferentes y distantes, mientras mis piernas temblorosas me acercaban hasta ti. Ni en cien años podría afirmar con seguridad qué guio mis pasos, puede que el incondicional amor que siempre latió en mi pecho, o el húmedo calor de las noches estivales que enloquece la conciencia y nubla la razón. Nunca sabré que motivos permitieron aquel encuentro, pero siempre recordaré tu rostro cuando mis entrecortadas palabras rompieron el silencio entre canción y canción.

     Por suerte no retrocedí ni un paso. Esa indiferencia que utilizabas para resguardar tu pudor se derrumbó ante mi torpe declaración de amor y vi tu sonrisa por primera vez. Desde aquel día comencé a ver tu cara en los campos de trigo cada vez que soplaba la brisa, imaginaba que tus rizos acarician tus mejillas y ahora doy gracias al cielo por aquel beso que me unió a ti aquella noche. Son tantos los momentos buenos que hemos compartido y tan pocas las palabras que poseo, que me resulta difícil expresar mis sentimientos. Jamás me sentí solo a tu lado. Pude percibir tu amor y tu devoción incluso en aquellos momentos más espinosos para mí; cuando el pan faltó en la mesa y solo nuestros cuerpos nos daban calor en aquellas noches sin electricidad. La puesta de sol robaba la sobremesa y adelantando el momento de compartir la intimidad de nuestra alcoba. Fueron tiempos duros, pero siempre has sido una mujer con carácter. Recuerdo cómo se me rompía el alma cuando, acompañada de la frágil luz de una vela, cosías hasta altas horas de la madrugada para poder pagar las facturas. Nunca podré perdonarme que te vieses obligada a salir de casa para ayudar con la economía familiar. No cumplí como esposo y fue mi culpa que no disfrutases del lugar que te correspondía, como mi reina, entre terciopelos y sedas olorosas. Debería haber sido capaz de mantenerte en casa, cuidando de nuestros hijos, cocinando con cariño, administrando nuestro hogar y esperándome al volver del trabajo. Debías ser como una princesa aguardando a su caballero que, montado a lomos del corcel de la opulencia, cruza el foso de la parvedad con una rosa en su mano, pero no pude conseguirlo.

     La vida nunca se presenta como uno desearía, ¿no es cierto? Los tiempos de necesidad se prolongaron demasiado y cuando al fin pude ofrecerte las comodidades y la tranquilidad de una existencia serena y apacible tú, con ese temperamento enérgico que siempre he admirado, rehusaste mantenerte junto a mí. ¿Cómo esperabas que permaneciese indiferente cuando llegabas tarde a casa del trabajo? ¿Acaso podía yo evitar que los celos me embargasen y me envenenasen mientras te esperaba?  Reconozco que nunca me alegré cuando conseguiste aquel empleo, con interminables horarios en aquella oficina junto a tus compañeros de traje, corbata y arrogancia. Estabas tan atractiva con esa falda… y la blusa blanca. Tus vigorosos pechos luchaban con fervor por romper los frágiles botones de tu escote, que cada día parecía más profundo e insinuante. ¡Maldita sea! ¿Cómo puede permitir un hombre que la mujer que ama airee sus encantos cuando él no está presente?

     No me enorgullezco de aquella noche de navidad, cuando te grité por primera vez. Yo también había bebido y estaba un poco alterado. Cuando te vi entrar en casa tan alegre, riendo sin parar, no pude evitar que la furia me poseyera. Tus tacones martilleaban el suelo, tu cintura se contoneaba con un ritmo hipnótico y tus labios brillaban en un rojo carmesí que invitaba al más perverso deseo carnal.  No llegué a saber si había sido una fiesta con los compañeros de oficina o con tus amigas, aunque tampoco eso importaba demasiado, por mí como si hubieses llegado de la mismísima misa de ‘ad galli cantus’. Mi alma se rompió en mil pedazos y no pude contener mis gritos e insultos. La reina de mi casa había desaparecido, ante mí solo veía una buscona, engalanada con telas de infidelidad que dejaban al descubierto tus firmes piernas e invitaban a profanar mi más querido templo. No puedo acordarme de todo lo que te dije, seguramente palabras hirientes y crueles que jamás me llevé a la cama cuando caí vencido por el whisky y agotado por la ira.

      Al día siguiente, cuando al llegar a casa te encontré con la cena preparada, tuve ganas de abrazarte y besarte. No puedes imaginar lo feliz que me hizo verte ahí. Pero por alguna extraña razón te giraste y te fuiste rápidamente a la cocina. No me acompañaste durante la cena y aquello me entristeció. Pensé que ya te habías dormido cuando me fui a la cama, pero estaba tan feliz de recuperarte que mis manos se deslizaron sobre tus muslos. Sentí tu respiración acelerada y me pareció notar una lágrima sobre mi mano cuando alivié mi amor en tu ser.

     Pasaban los días y yo cada vez me sentía más feliz de tenerte cerca, te idolatraba, volví a tratarte como una reina, pero tu sonrisa había desaparecido. Comenzaste a mirarme con miedo, ¿acaso pensabas que yo podía hacerte daño? Me culpabas de haber dejado tu trabajo debido a mis presiones y mi malgenio. A gritos me exigías que te devolviese tu libertad, como si fueses una esclava. Atribuías a este hogar, que con tanto cariño había creado para ti, adjetivos propios de un presidio, mientras yo observaba atónito semejante espectáculo. ¿Cómo podías quejarte de la vida que te daba? No puedo entender que te gustase estar trabajando fuera de casa hasta tarde. Las discusiones eran cada vez más ruidosas y agresivas. Encontré un bar de camino a casa donde me refugiaba de tus gritos y tu malhumor. Me emborrachaba antes de volver cada día junto a ti y cuando cruzaba la puerta, mis esperanzas de encontrar a mi reina se desvanecían. Tu malestar y tu temperamento hundían mi ánimo, llegué a odiar ese momento del día, ese momento en que me recibías con un beso y que tornó en insultos y reproches.

     Aquella situación era insostenible. Creí que podríamos arreglar nuestras diferencias, pero tu naturaleza femenina es equiparable a la de una fiera salvaje. Por fortuna pude imponer mi causa y recuperar la tranquilidad durante un tiempo. Lamento si en ocasiones empleé la fuerza, pero era imposible contener tu furia sin someterte enérgicamente. ¿Tan difícil es de entender? ¿Cómo iba a poder si no hacer que me respetases? Mi carácter autoritario nos proporcionó muchos años de felicidad y, aun así, de vez en cuando, tu indómita cualidad femenina se manifestaba para quebrantar la tranquilidad de nuestro hogar. Habríamos sido tan dichosos, ¿cuántos maravillosos momentos podríamos compartir ahora mismo? Sin embargo, ha sido la soledad quien me ha acompañado en estos últimos cuatro años y me siento triste y confuso mientras recorro con la mirada las letras talladas en este mármol blanco y comparto contigo los recuerdos de nuestro amor. Los acontecimientos de aquella noche son vagos y borrosos. Ni siquiera los recortes de periódico que guardo con tanto celo me ayudan a comprender lo ocurrido. ¿Ves? Éste es de hace cuatro años:

  Nuevo Asesinato por Violencia de Género.

 Detenido J.P.A en la localidad de M…. tras hallarse el cuerpo de su mujer sin vida. El supuesto homicidio tuvo lugar sobre la media noche del martes. Los agentes encontraron el cuerpo de G.L.V en el suelo de su vivienda. Según el informe, la mujer de 59 años sufrió un fuerte golpe en la cabeza al caer tras ser agredida por su marido. También mostraba signos de violencia en el rostro y diferentes partes de su cuerpo. El presunto homicida pasará a disposición judicial para ser procesado por el asesinato en las próximas horas.

  Nuevo Asesinato por Violencia de Género.

 Detenido J.P.A en la localidad de M…. tras hallarse el cuerpo de su mujer sin vida. El supuesto homicidio tuvo lugar sobre la media noche del martes. Los agentes encontraron el cuerpo de G.L.V en el suelo de su vivienda. Según el informe, la mujer de 59 años sufrió un fuerte golpe en la cabeza al caer tras ser agredida por su marido. También mostraba signos de violencia en el rostro y diferentes partes de su cuerpo. El presunto homicida pasará a disposición judicial para ser procesado por el asesinato en las próximas horas.

     Apenas unas líneas casi anónimas en un periódico local, que triste memoria para la persona que tanto amé. No pude creer los hechos relatados durante el juicio. Aquellas acusaciones parecían dirigirse a otra persona, soy incapaz de entender cómo pudo suceder. ¡Yo! Fui yo quien te golpeó hasta arrebatarte la vida. Arranqué parte de mi alma en un momento de desesperación y condené mi existencia. Maté a quien más quería… y juro que fue por amor, que incoherente e irracional es mi ser que todavía hoy se mantiene contrario a reconocer error alguno en mis actos. Mientras acaricio los crisantemos que decoran tu lápida, no puedo dejar de pensar en ti. Estos últimos años son oscuros y nebulosos, pero tu rostro aparece ante mí con una viveza inusual. Te imagino en el quicio de la puerta, con tu vestido deslizándose por tu cuerpo mientras me sonríes y me acerco a ti como si tu perdón pudiese borrar el pasado, y en mis sueños te pregunto: ¿recuerdas cuando te regalaba rosas?

     El viento meció la hierba seca, arrastrando los recortes de periódico. El último había sido arrancado esa misma mañana y junto a la tumba, durante un breve instante, casi tan fugaz como los dedos de la justicia al archivar el caso, se pudo leer:

                   

¿Dónde está la justicia?

Hoy ha sido puesto en libertad J.P.A de 64 años que había sido condenado a 12 años de prisión por el homicidio de su mujer. El autor del crimen ha salido está mañana de prisión, tras solo cuatro años de condena, por buena conducta y por hallarse ciertas irregularidades en su sentencia. Una vez más, nuestra sociedad queda conmocionada ante la falta de firmeza en la ejecución de las condenas por violencia de género.

                   

¿Dónde está la justicia?

Hoy ha sido puesto en libertad J.P.A de 64 años que había sido condenado a 12 años de prisión por el homicidio de su mujer. El autor del crimen ha salido está mañana de prisión, tras solo cuatro años de condena, por buena conducta y por hallarse ciertas irregularidades en su sentencia. Una vez más, nuestra sociedad queda conmocionada ante la falta de firmeza en la ejecución de las condenas por violencia de género.

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